Archivo | agosto, 2011

Los Bujamoti, mis orígenes

17 Ago

Un útero. Genoma extraterrestre transportado de forma inmaterial a dicho útero.
Esa es la historia de mi vida en base a una síntesis llevada al extremo.
No me llevo muy bien con muchos aspectos de nuestro “orden” humano. Aún así, me gusta el vino con gaseosa y bebo también cerveza. ¡Ah! De igual modo, los caracoles entran en mi cavidad gástrica de buen grado. Algo se me ha debido pegar del entorno en el que he crecido.
Tal y cómo está configurada nuestra sociedad, cada día temo más por llegar a una indigencia que pase del camuflaje a la burda desnudez de la carencia total. ¡Eso no pasaba en mi otra Tierra!
Todo esto viene en torno a la historia de mis orígenes, lejanos, más hallá de nuestro sistema solar y las Galaxias más próximas. No se qué mal hice a mi primigenia sociedad para sufrir el calvario de vivir entre humanos.
Un buen día, un cigoto con mi código Bujamótido fue implantado en una humana. La sociedad Bujamoti al unísono gritó – ¡Búscate la vida! Y aquí estoy, girando y girando a la velocidad de la rotación Terrestre. Perdido, pero vivo.
Quizá sea un simple mensajero para informar del estado de una civilización en proceso de madurez.
No obstante, espero que las espirituosidades líquidas de nuestro entorno no provoquen una falta de frescura mental que impidan transmitir mis conocimientos cuándo retorne de nuevo a mi planeta. Al planeta de los Bujamoti.

La probabilidad de que exista vida inteligente en otros planetas es 1.
El Universo, cómo bien decían, es tan grande que ser el único planeta con entes “inteligentes” no sería más que desperdiciar espacio sin sentido alguno. Y el cosmos tiene bastante sentido.
Ahora bien, llegar a conectar unas civilizaciones con otras es misión compleja si nos basamos en el transporte convencional espacial.
En el planeta de dónde vienen mis genes dominaron hace ya mucho tiempo el arte de lo inmaterial.
Paso a continuación a explicaros un poco mi anterior vida.

La civilización Bujamoti era una unidad. Habían llegado al punto en el cuál el planeta era un grupo unido, sin países ni diferencias considerables entre cada individuo. Suena utópico y comunista pero así era. Os lo puedo asegurar.
Tenían la capacidad de comunicarse mediante el verbo energético o mental. Aunque también utilizaban elementos físicos para transmitir información, manejaban la mente a su antojo para relacionarse.
Los Bujamoti sabían diferenciar a la perfección entre su parte física y su Yo inmaterial.
No necesitaban Internet ni Facebook. Su red social eran ellos mismos y su desarrollo cerebral. A través de su Yo interno entraban en unión con el resto de la Aldea Global. La Telepatía era su pan diario.
La sociedad Bujamótica era muy avanzada. El comfort social generalizado era el objetivo primordial de su existencia. Todos vivían bien, disponían de todo aquéllo necesario para poder ser felices. La felicidad no era tan relativa como en nuestra atrasada Tierra.
Existían diferencias sociales, pero la clase más baja en esta civilización disfrutaba del verdadero placer de estar vivos. La palabra pobreza no existía.
Nacías, te formabas como buen Bujamótido, disponías de trabajo agradable y duradero proporcionado por el sistema de comfort global Bujamoti hasta entrar en la senectud y nunca te faltará de nada, tanto en el plano sentimental como en el material.
Los Bujamotis no eran individuos serios, también tenían sus juergas. Juergas sin prejuicios, llenas de bondad, pero juergas. Se denominaban “juergas de paz”, dónde todos se divertían con sus espirituosos manjares.
No había diferencias físicas apreciables. Belleza era un término homogeneo y generalizado.
Ahora os hablaré de cómo eran externamente, cómo eran sus habitáculos, medios de transporte, etc.
El aspecto Bujamoti era el de un Blandibul color verde claro. Un Blandibul es una especie de masilla deformable que se encuentra en los cubos de pedos con los que juegan los niños. Dicha masilla, al apretarse vibra al salir el aire rozando sus paredes emitiendo un sonido similar al de un pedo. Los Bujamoti no vibraban emitiendo pedos.
Los Bujamoti disponían de varios brazos. Estos brazos podían desaparecer y aparecer a su antojo. Cada uno de los brazos poseía otros brazos con otros brazos y manitas.
Sus vehículos tenían formas trigonométricas. Por ejemplo una pirámide amorfa de color liso, azul, verde, rojo… Los colores de sus vehículos eran puros, no existían las derivaciones típicas de la gente que trabaja en moda como el blanco hueso o el rosa palo. Eran colores infantiles, al estilo de las guarderías para enseñar a los niños los colores.
Los vehículos flotaban a unos 40 centímetros del suelo y se desplazaban con fluidez pero de forma segura y relajante. En silencio.
También tenían casas. Eran habitáculos repletos de paz, con una temperatura agradable y tanto sus casas como los medios de transporte eran completamente sostenibles. Habían encontrado la solución para vivir comfortablemente sin preocuparse por el tema medioambiental y energético.
A veces pienso que mi planeta Bujamoti podría encontrarse dentro de una nebulosa con luz proviniente de todos los puntos sin carencia de energía solar y siendo siempre de día.
La apariencia de los materiales con los que estaban construidos los vehículos y las viviendas era parecida al plástico. Un plástico muy duro y completamente liso y suave.

Me avergüenza el exponeros una civilización tan ideal con muchas semejanzas con el país de los Osos Amorosos. Más que nada porque en los años que llevo viviendo en La Tierra me he dado cuenta de que todo lo bueno es complicado de obtener y que nos esforzamos día a día por hacernos la vida lo más infeliz posible. Aún así, sigo creyendo en la sociedad Bujamoti, mis genes provienen de allí y seguramente por esa razón me cuesta tanto ser un humano.

Anuncios